Hace unos días se descubrió dos cadáveres, al parecer, con signos de tortura y asesinados finalmente a balazos, enterrados en dos fosas superficiales dentro del polígono de tiro del cuartel Hoyos Rubio, en el Rímac. Luego de este hallazgo se ha llegado a la conclusión de que tres cadetes de la Escuela de Oficiales del Ejército estarían implicados en el crimen. Habrían llevado a sus víctimas, dos humildes “jaladores” de la avenida México, al lugar de la ejecución. Si bien esta noticia (http://www.rpp.com.pe/2011-01-17-cadetes-implicados-en-misterioso-crimen-en-cuartel-hoyos-rubio-video_327852.html) podría perderse en la página de Policiales de algún diario de la capital, hoy nos llama poderosamente la atención por muchas razones. La primera es que, una vez más, se encuentran cuerpos enterrados clandestinamente en un cuartel militar, lugar que, por función, no se utiliza como cementerio. La segunda es que se trate de un crimen perpetrado por futuros oficiales del Ejército peruano que no encuentran manera más fácil de saldar cuentas que matando a inocentes. La tercera, que las víctimas no eran sus compañeros de estudio, un superior o un vecino de barrio, sino dos humildes ciudadanos como tantos otros que hasta el día de hoy yacen en bases militares del país. Debo admitir, sin embargo, que, para mí, el elemento más impresionante y triste de esta noticia fue la declaración de la madre de uno de los presuntos perpetradores, quien dijo que no era posible que su hijo, un joven decente «que no toma, ni fuma», se viera implicado en un crimen de esa naturaleza, y que todos los reportajes hechos en torno al caso estuvieran afectando su reputación logrando incluso su expulsión de la Escuela. Hasta aquí sus declaraciones, para cualquiera, no representarían nada particularmente escandaloso, pero sus siguientes palabras son signo escalofriante una vez más de problema social. La madre no podía entender por qué todo este revuelo se hacía por «dos personas que ni valen la pena». Más allá de preguntas obvias que la investigación deberá abordar; preguntas como, por ejemplo, por qué es posible que unos cadetes entren con rehenes a una base militar, les disparen y entierren allí mismo sin que nadie se dé cuenta, me pregunto si es que los 15,000 desaparecidos del Perú, muertos muchos de ellos enterrados en bases militares, como sucediera en el Cuartel Los Cabitos, en Ayacucho, son también personas «que no valían la pena», y que sus ejecutores —gentecorrecta o decente— tampoco fumaban ni tomaban. Gente educada y, por supuesto, distinta a los pobres y ajenos infelices de cuyas vidas se dispuso sin reparo. Me pregunto si hemos aprendido algo en todos estos años de violencia o si la perspectiva que algunos peruanos tienen sobre el otro —el indio, el serrano, el pobre—, también peruano, es simplemente la misma que hace treinta años. En el centenario de José María Arguedas pareciera que se sostiene su dolorosa frase: «[Dicen] que no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor»[1]. Más allá de un crimen descubierto en un cuartel, de un caso policiaco que aclarar, persiste un problema social que es claramente una amenaza latente: seguimos siendo un país racista en el que pareciera no sorprendernos que nuestros cuarteles, producto de nuestros impuestos, sigan cediendo espacio a fosas clandestinas. Pare ver reportaje de Cuarto Poder al respecto: http://www.rpp.com.pe/2011-01-17-cadetes-implicados-en-misterioso-crimen-en-cuartel-hoyos-rubio-video_327852.html José Pablo Baraybar EPAF [1] José María Arguedas, “Llamado a algunos doctores”, (1966).





20 ene 2011
Posted by epafperu 


